Valle-Inclán escribió, en 1920, uno de los textos esenciales de nuestro teatro: ‘Luces de Bohemia’. Con él quedó inaugurada una nueva manera de ver la realidad: el Esperpento. Un renovado concepto estético, cuya paternidad Valle atribuye a Goya, que él mismo describe de manera genial en una de las últimas escenas de la obra. Esa deformación matemática conseguida a través del rebote de la realidad en los espejos cóncavos nos recuerda a los múltiples recursos de estilización y distanciación utilizados por algunos de los más importantes clásicos del teatro de Aristófanes a Beckett pasando por Shakespeare y Brecht. Personajes turbulentos y situaciones grotescas se suceden a lo largo de los dos días en los que el poeta ciego Max Estrella, junto con su amigo Latino y el resto de personajes nocturnos, pululan por el Madrid más sórdido. A lo largo de la noche, estos dos vagabundos van encontrándose con todo el lumpen de la ciudad: delincuentes, prostitutas, proletarios mal pagados, policías, periodistas, ministros… En definitiva, un microcosmos completo de la sociedad de la época de entonces que no se distancia tanto de la de ahora

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